miércoles, mayo 01, 2013

"Hacen falta Machos"

Recientemente me he visto involucrado en diferentes conversaciones y han llegado a mi algunas lecturas de publicaciones, Feisbukeras sobre todo, que me han llevado a concluir, que hacen falta machos. Si, hace poco en una sobremesa, uno de mis hermanos comentó de manera descalificadora “Es que mi papá era un macho”. Debo decir que fue un comentario que me caló, partiendo de la base de que, a mi padre yo lo tengo, como dice el Maestro Joaquín Sabina, en la parte más alta de mi altar de Dioses Paganos. Pero retomando el asunto, ahí concluí la falta que hacen estos. Machos que aún con escasa formación académica, con tan solo dos manos, tengan la determinación de sacar adelante a su familia y pongan “alma, corazón y vida” en acometer la tarea, pero sobre todo, de esos que dentro de su “machismo” cuenten con el tesón, la perseverancia, la magia para, de inicio, seleccionar, acercarse, convencer y por último lograr que una mujer maravillosa se quede a tu lado “hasta que la muerte los separe”. Sin duda alguna, la tarea que cumplió mi papá para llevar el timón de mi familia, no fue cosa menor, pero, habrá que considerar que esa misión hubiera sido imposible, sin que estuviera complementada por Chagüita, mi mamá.

Se que desde chiquilla le batalló, como en muchas historias, la entrada de dinero no era mayor en su familia, lo cual, según entiendo, requería que adicional a que “el Abuelo Pablo” a quien no conocí, saliera a buscar el sustento en una actividad ferroviaria que no tengo identificada; “la abuelita Mariquita” realizara algunas labores de costura a terceros para complementar el gasto. De ahí que mi má, siendo la mayor de los hijos tuviera que hacerse cargo de sus hermanos (Lola, Pablo, Soledad, Anita y Julio – el Tío Vaquero – sin precisar orden cronológico) y de verdad hacerse cargo de ellos, como una pequeña madre y al hablar de “pequeña” me refiero a alguien que alrededor de los 9 años tuviera que hacerse cargo de la cocina por ejemplo. No se muy bien a que edad, ni con que tipo de experiencia o si fue “en blanco” comenzó a trabajar en un salón de belleza y sería por esos años cuando muy seguramente, adicional a “otros galanes”, apareció “Don Luis” en su vida y fue por ahí de sus 21 años cuando por fin la convenció de casarse con él. Aunque según sus propias palabras (las de él) decía que uno va por la vida pensando en que “te amarraste a una chava” y es por el contrario, ella te amarra a ti, y lo decía en el mejor de los sentidos y sin ningún dejo de inocencia. Decía que una mujer inteligente, te analiza y mira en ti cosas que tu ni siquiera imaginas que tenías, cualidades, posibilidades y que en función de eso toma la decisión de complementar tu existencia o depurarte.


El caso es que Chagüita dijo Sí, se casaron y vivieron, seguro que no felices por siempre, como en los cuentos de hadas, pero si, en una unión tan sólida que les permitió 56 años juntos “hasta que la muerte los separó”, hay que verla a casi nueve años de distancia, sentada en su cama mirando las fotos que de mi papá conserva en su tocador, algo le platica y de rato le “tristea”. Es obvio que no cuento con los pormenores de la relación pues siendo “el último de la fila” hubo mucha historia que no conocí, y debo decir, que si bien no habrá sido la mejor parte, fue la base de todo lo que es hoy. La economía debió ser apretadísima, mi má engendró once hijos y le sobrevivieron diez, casi en hilerita, en el mejor de los casos, hay poco menos de tres años de distancia entre uno y otro (Rogelio y yo), pero adicional a eso, mi papá ya traía consigo dos más Carlos y Beatriz a quienes mi mamá acogió como propios hasta que Beatriz no volvió más (la conocí cuando yo tenía 22 años) y Carlos siempre ha sido mi hermano, no tengo preciso a que edad fue, pero un día me enteré que no era Hernández como yo, es Fonseca, pero forma parte de todas mis memorias así que si no lo hubiera sabido, ni en cuenta, porque siempre ha estado ahí como uno más, y esto sea dicho en el mejor de los sentidos pues igual le llama mamá y ella ha tenido siempre amor y atenciones para él también.

Me cuesta trabajo imaginar el nivel de cansancio que debemos haber generado 11 críos, que si bien no estuvimos todos juntos (cuando yo nací, Carlos ya tenía dos hijos y había dejado la casa paterna mucho tiempo antes) debemos haber generado, por ejemplo, unas cargas de ropa sucia enormes. Recuerdo que desde niños tuvimos tareas a realizar en el quehacer de casa, pero actividades como lavar, planchar y acomodar ropa, la cocina y algunos remiendos de costura – que no faltaban – fueron siempre exclusivos de “su majestad” aunque debo decir que desde que era yo muy niño, recuerdo la presencia de Juanita, Ceci, Cata en diferentes épocas y Tere quien aún le asiste a lavar y planchar. Pero el verdadero artificio de “los closets mágicos” siempre con ropa limpia, planchada y ordenada, es obra de la autoría de mi madre.

Definitivamente, uno se acostumbra a los sabores de la casa y de ahí nacen nuestros primeros referentes, pero, sin menosprecio de lo que cualquiera que pueda leer esto haya saboreado en sus casas, debo declarar – a riesgo de rayar en voces recurrentes – que los guisos de mi mamá son deliciosos, aún cuando el calificativo pudiera quedar “corto”. Habría que probar, las albóndigas, los “bigotes”, enchiladas de mole o las michoacanas (favoritas de Don Luis), los bisteces en chile pasilla, el arroz y los frijoles de siempre, con el sazón perfecto. Aquí también hay que mencionar que debió hacer malabares para hacer rendir el presupuesto familiar.

Dueña de manos amorosas, creativas y también disciplinarias, hay que sentir una bofetada de mi madre para saber andar derecho, pero ese par de manos ha sido mucho más generoso, ha tenido tiempo para preparar tu guiso favorito en tu cumpleaños, en el de las afortunadas nueras incluso, y vale aclarar que son afortunadas más allá de haber emparejado con alguno de mis hermanos, por tener la suegra que tienen, que siempre ha sido un alma dispuesta y colaboradora con ellas. Ha tenido tiempo para tejer las “chambritas” de los nietos y de algún otro bebé cercano. Para hacer remiendos o ajustes cuando la prenda lo merece y para confeccionar algo que yo considero la muestra de amor y cuidado más grande “los chalequitos rojos de franela” justo a la medida del nieto en turno, diseñados específicamente para las épocas de frío en que aparecen la tos y la gripe diezmando la salud de los morritos. Es tanto lo que da, que de rato me asalta un poco de temor por no mencionar algo, sería terrible mantenerme omiso y rayar en la ingratitud, pues además, puedo presumir sin temor a leerme engreído, que mi hija ha sido sin lugar a dudas, la mayor beneficiaria de la generosidad de esa abuela, ha sido un regalo maravilloso esa convivencia, cuidando sus enfermedades, poniéndole “trapitos calientes” y Vick VapoRub en el pecho como lo hacía conmigo, cuando siendo niño, me enfermaba de la tos, preparando leche con gordolobo o gárgaras de mercadela, riendo sus chistes, celebrando sus logros, complaciendo sus antojos, preparando “el lunch” a la carta, vigilando las tareas, bromeando con ella y también imponiendo disciplina. Pero siempre siendo cómplice y aliado natural en su vida.

En el prefacio del libro “El Retorno de los Brujos”, el autor inicia describiendo a su padre y menciona “Era un alma vigorosa, un espíritu realmente mensajero. Decía a veces, sonriendo, que el primer fallo de los clérigos se produjo el día en que uno de ellos representó por primera vez un ángel con alas: hay que subir al cielo con las manos”. En este tenor, me permito “tomar prestadas esas palabras” para encuadrar a ambos, papá y mamá, en esa descripción, pero sobre todo en esa parte en la que se refiere al fallo de los clérigos, puedo asegurar que también, ambos, tienen ganado el acceso al cielo por la destreza y generosidad de sus manos.

Hoy, cuenta ya con poco más de 86 años y aunque la diabetes y la hipertensión han hecho presa de su salud, ella las mantiene a raya. Siempre ordenada en su medicación y casi siempre en su alimentación, pues de cuando en cuando se da “sus gustitos”. He escrito en tono de broma, pero muy en serio, que “ha visitado el túnel ya en tres ocasiones, pero nunca ha caminado hacía la luz”. Ávida lectora y con una extraña predilección por los programas policíacos que le ha ganado el mote de “la abuelita sangrienta”, sigue lúcida “a todo lo que da”. Dueña de su vida, solo la merma en su agudeza auditiva le ha afectado un poco, pero vive de manera plena y contribuye a la plenitud de quienes la queremos. Sigue dando a manos llenas a la voz de “tiene más Dios que darnos, que nosotros que pedirle” y va por ahí cuidando y “apapachando” a toda la descendencia y a quienes le han llegado por vía de esta. A veces frágil, sobre todo cuando recostada en una cama de hospital y conectada a algunos aparatos ha mencionado “ya vámonos de aquí, yo ya me quiero ir a mi casa”.

Los aromas de su cocina siguen motivando mi apetito. El recuerdo del aroma a jabón y talco “Maja” vive en mi memoria como un referente ineludible a mi madre y el de la loción para el cuerpo “Jean Naté” al llegar a su casa, es señal inequívoca de que acaba de salir de bañarse.

Sus ojos siguen iluminándose cuando se sonríe y su sonrisa ilumina mi vida y la de quienes la queremos.


Entiendo perfectamente que hoy las posibilidades de las mujeres son por mucho más amplias, pero no estoy seguro de que tengan que abandonar todas estas características, no se que tanto se está abonando para que algún día un hijo adulto de cuarenta y más pueda tener estas memorias tan gratas, al final, creo que más allá de los logros profesionales, un hijo siempre va a llevar “bien metidos” en el corazón los recuerdos de las veces que se enfermó y lo chiquearon, los guisos de complacencia, los postres, las sonrisas, las caricias, etc. Eso, en mi calidad de hombre, jamás podría dárselo a mi hija, eso, es exclusivo de una madre…

Y termino volviendo al principio, “hacen falta Machos”, para encontrar mujeres así, tal vez están por todos lados, algunas ocultas tras la tan moderna máscara de “mujeres cabronas” o tal vez, solo están por ahí, “haciéndose las disimuladas” porque no han logrado identificar al adecuado y “amarrarlo”. Me niego a creer que ya no estén…

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